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domingo, 5 de febrero de 2017

BICENTENARIO DEL NATALICIO DE JOSÉ EUSEBIO CARO


Fotografía de José Eusebio Caro

Introducción
El próximo 5 de marzo de 2017, se estarán celebrando 200 años del nacimiento del poeta romántico, periodista, filósofo y político José Eusebio Caro Ibáñez, quien naciera en Ocaña el 5 de marzo de 1817 y falleciera en Santa Marta el 28 de enero de 1853.

Su vida y obra, representada en publicaciones póstumas, los periódicos en los cuales colaboró o aquellos que fundó, se unen al trasegar dramático de su existencia, a su participación en campañas militares y a la redacción del primer manifiesto oficial del Partido Conservador, junto con Mariano Ospina Rodríguez en 1849.

Destacar y divulgar su vida y su obra literaria durante el bicentenario de su natalicio, es un imperativo para Colombia y, especialmente para el departamento Norte de Santander y la antigua provincia de Ocaña, donde su nombre hace parte de la memoria colectiva a través de instituciones educativas, de bustos y estatuas que se levantaron para perpetuar su legado.

La Academia de Historia de Ocaña, con motivo de la efemérides, estará llevando a cabo actividades académicas y culturales los días 2 y 3 de marzo, junto con varias entidades educativas y de la sociedad civil. 

Destacamos que en Bogotá,la Academia Colombiana de Historia adelantará una sesión el 7 de marzo,como homenaje al personaje y, de igual manera, el XV Parlamento Internacional de Escritores hará lo propio en Cartagena de Indias.


El marco histórico en que se desenvolvió Caro

La época en que nace y se desarrolla José Eusebio Caro abarca desde los preludios de la liberación definitiva de la Nueva Granada del gobierno español, pasando por la Gran Colombia, hasta la consolidación del Estado con sus traumáticas guerras civiles que se prolongaron hasta el final de la guerra de los Mil Días (1899 – 1902). Una lucha, inicialmente, por entender la Independencia y buscar la autonomía republicana, va de la mano con la aparición de los partidos políticos tradicionales y el nacimiento del movimiento literario romántico.

La Ocaña en que nació José Eusebio Caro, había contribuido a la causa republicana con la creación de la Compañía “Libres de Ocaña”, que marchó junto con Bolívar hacia Venezuela durante la Campaña Admirable de 1813. Muchos de sus hijos habían ofrendado su sangre bajo el Régimen del Terror de Pablo Morillo en la plazuela de San Francisco o en la Plaza mayor, como aconteció con doña Agustina Ferro, Salvador Chacón, Hipólito García, entre otros.

Colegio Nacional de José Eusebio Caro, construido
sobre la casona donde naciera el poeta en 1817

La familia de José Eusebio, encabezada por don Miguel Ibáñez y Vidal, su abuelo, había participado de la causa republicana y ello les hizo blanco de la represión desencadenada por el Pacificador Pablo Morillo, tanto en Ocaña como en Bogotá, donde se vieron sometidos a persecución, expropiación de bienes, detenciones y sentencias de muerte, como la proferida contra don Miguel Ibáñez en 1816.

La madre del poeta, doña Nicolasa Ibáñez, quien había coronado la frente de Bolívar junto con otras cuatros hermosas jóvenes ocañeras en 1813, y doña Bernardina, su hermana, quien hizo lo propio en Bogotá a la entrada triunfal del Libertador después de la Batalla de Boyacá, se distinguieron por su hermosura y por su incondicional servicio a la Independencia.

Doña Nicolasa Ibáñez de Caro,madre del poeta

Caro se desenvuelve, pues, en una atmósfera de conflictos bélicos, primero a causa de la Independencia y luego por las confrontaciones entre bolivarianos y santanderistas. Todo ello conduciría a las radicales posiciones de conservadores y liberales durante el siglo XIX y a la guerra de los Mil Días.

Síntesis biográfica
Por parte materna, José Eusebio Caro fue nieto de don Miguel Ibáñez y Vidal, cartagenero, abogado egresado de la Universidad de Santo Tomás, quien llegó a Ocaña hacia 1785 En la ciudad se desempeñó como Oficial Real y Juez de Puertos de Ocaña. Su relación con la familia Arias, de Ocaña, hizo que se prendara de doña Manuela Agustina de Arias y Rodríguez, con quien casó y tuvo once hijos:

Antonio, casó con doña Mercedes Nariño, hija del Precursor Antonio Nariño; Pedro Alcántara Ibáñez, primer Gobernador de la provincia de Ocaña en 1849; Manuel Ibáñez, militar, fue edecán del Libertador; José Miguel Ibáñez, médico; Vicente Ibáñez, militar, casado con una hija de Domingo Caicedo; Nicolasa, Isabel, Bernardina, Manuela, Carmen (casada en Ocaña con don Manuel María Trigos) y María Josefa Ibáñez Arias.

José Eusebio fue nieto de doña Manuela Agustina de Arias y Rodríguez, hija de don Manuel José Arias, quien había llegado a Ocaña desde Valledupar como rematador del estanco de aguardiente, casado con doña Juana de la Cruz Rodríguez Terán, ocañera.

José Eusebio Caro fue hijo de Antonio José Caro y María Nicolasa Ibáñez de Caro. Don Antonio José Caro era descendiente de don Francisco Javier Caro, el primero de su apellido en  Colombia, quien llegó como alto funcionario del Virrey, fue “cartógrafo, y notable poeta picaresco[1]”. Antonio José Caro, su hijo, cultivó la poesía y ocupó cargos administrativos en Bogotá hasta que los sucesos de la revolución de Independencia le hicieron tomar parte en el bando realista al cual se mantuvo firme hasta su muerte. Su militancia le hizo huir de Bogotá y viajar por “Cartagena, La Habana, Puerto Rico, Maracaibo, Riohacha, etc., hasta llegar a Santa Marta”. En sus escapadas viajaba a Ocaña para visitar a Nicolasa, de quien era novio, hasta que es apresado por los patriotas y confinado en la prisión de Mompóx. Relacionado Simón Bolívar en Ocaña con la familia Ibáñez, la joven Nicolasa le pide que interceda por Antonio José, a lo cual Bolívar responde positivamente y trae al novio a Ocaña donde, incluso, sirve de padrino de bodas a Nicolasa y Antonio José[2].

José Eusebio y su familia salen de Ocaña en 1818, radicándose en Santafé. Allí se dedica a estudiar y luego a trabajar en un cargo menor de la Dirección de Crédito Público. Una vez que estalla la guerra civil, se une a las tropas del general Pedro Alcántara Herrán, regresando a su tierra natal el 20 de enero de 1841. Luego, el 11 de agosto, después de haber servido como agente del gobierno para lograr la paz con el jefe de los revolucionarios, Lorenzo Hernández, regresa nuevamente a Ocaña donde permanece durante cinco meses. En su “Diario”, Caro narra los acontecimientos y detalles de su estancia en La Cruz (hoy Abrego) y Ocaña, donde se alojó en casa de su tío político, Manuel María Trigos, quien era dueño de la antigua casona de El Molino[3]. Don Manuel María estaba casado con la tía de José Eusebio, doña Carmen Ibáñez, cuya residencia quedaba cerca de la Plazuela de San Francisco. Para esta época, Caro ya es un poeta conocido en Santafé; sus primeros versos los publica en el periódico La Estrella Nacional (1836); hacia 1845 sus poemas son reconocidos nacionalmente.

En 1849 Caro redacta, junto con Mariano Ospina Rodríguez, la primera declaración de principios del Partido Conservador.
Blasina Tovar, eposa de José Eusebio Caro

José Eusebio Caro casó en Santafé con doña Blasina Tovar, el 3 de febrero de 1843, de cuya unión nacieron Miguel Antonio, Eusebio Liborio y Margarita Caro Tovar. Ésta última, casó don Carlos Holguín.

Aportes a la educación, la filosofía y la sociología

Cartas que reposan en los archivos de la familia Caro, así como escritos publicados en los periódicos en los que colaboró como periodista, muestran su interés por la educación del país que por aquel entonces pugnaba por descubrir su propio destino, en medio de las violentas confrontaciones partidistas: 

"“…Conociendo lo que nos falta sabremos lo que debemos buscar'.
A cuatro grandes objetos debe corresponder la educación:

Al estado industrial del país;
A su estado político.
A su estado moral·
A su estado religioso.

Y entre nosotros la educación ni ninguno de estos cuatro grandes objetos corresponde. Porque en todos estos cuatro estados nos hallamos mal, y nuestra educación no contribuye á que en alguno de ellos podamos hallamos mejor.

Nuestra educación no corresponde á nuestro estado industrial.

¿Cuál es nuestra industria'? ¿Cuál es nuestra agricultura?

¿Cuáles son nuestras artes'? ¿ Cuáles son nuestras manufacturas '! ¿Cuál es nuestro comercio? ¿Qué respuesta, algo honrosa para nosotros, podríamos dar a un extranjero que nos hiciera tales preguntas?

Nuestra agricultura se halla en el atraso más deplorable. Las diez y nueve vigésimas partes de nuestro territorio, si acaso la proporción es más fuerte, son infectas pantanos, impenetrables, oscuras, profundas soledades. La mitad de la Nueva Granada no está por cultivar, está por descubrir Y en la cortísima porción de territorio descubierta y cultivada, nuestros instrumentos son los más groseros, y nuestros métodos los mas bárbaros. Para arar la tierra todavía nos valemos de bueyes: para hacer voltear un trapiche todavía nos valemos de mulas En nuestros campos el arte no hace nada; la naturaleza es la que lo hace todo. Nuestras ganados se enrazan a la ventura, y nuestras plantas nacen) fructifican y se conservan porque Dios así la ha dispuesto. De innumerables millares de especies que podríamos cultivar, apenas cultivamos catorce o quince y para sacar á nuestra agricultura de este deplorable atraso ¿qué ha hecho, qué hace nuestro fatal sistema de educación? Nada"
(Tomado de: Obras escogidas en prosa y en verso publicadas e inéditas de José Eusebio Caro, ordenadas por los redactores de el tradicionalista. Introducción de Rafael Pombo, Bogotá, Imprenta y Librería de El Tradicionalista, 1873. Edición facsimilar digital).

A la par de su certeza sobre la importancia de la educación para lograr sacar al país del atraso en que se encontraba, abordó también la filosofía y la sociología, como se demuestra en su obra "Mecánica Social", publicada cuando era muy joven, y que hasta 2002 no vino a ver la luz pública, al hacerse una edición comentada por la filósofa Esther Juliana Vargas, que incluye un estudio crítico de Germán Vargas Guillén. Esta publicación fue realizada por el Instituto Caro y Cuervo (Biblioteca Colombiana LI, Bogotá, 2002). 

Sobre estas facetas de José Eusebio, escribe así Luis Carlos Molina:

"A los 20 años comenzó a escribir su obra Filosofa del cristianismo, pero sólo compuso algunos capítulos en los que se nota una marcada influencia del positivismo, irradiado a partir de las teorías de Augusto Comte y del utilitarismo planteado por Jeremías Bentham. Su esfuerzo en este campo se dirigió a integrar el cristianismo con la ciencia, donde prevalecía el sincretismo entre progreso y religión. Pero esta visión científica alrededor de la religión, tomó un giro contrario pocos años después. Se considera que en tal decisión influyó su padre, Francisco Javier Caro, y su amigo José Joaquín Ortiz. Su actitud desde entonces fue mística y conservadora, se volvió el vocero de la reacción católica al estilo de Balmes y De Maistre. Además de sus obras ensayísticas, sus tesis socio-políticas fueron expuestas en dos importantes ensayos denominados "Carta al señor José Rafael Mosquera sobre los principios generales de organización social que conviene adoptar en la nueva Constitución de la República", publicado en El Granadino en 1842. El segundo ensayo, más moderado en el título, fue "El partido conservador y su nombre", publicado en La Civilización en 1847. También merece mencionarse entre sus artículos políticos de largo título, el denominado "Carta al doctor Joaquín Mosquera, sobre el principio utilitario enseñado como teoría moral en nuestros colegios, y sobre la relación que hay entre las doctrinas y las costumbres", en el cual ya era evidente el giro ideológico que había tomado, pues se constituyó en la refutación de las tesis utilitaristas de Bentham, las mismas que antes había tratado de conciliar con la religión. El cambio ideológico sufrido por Caro se observa ante todo en los fragmentos que dejó de la obra Ciencia social, la cual interrumpió debido al inesperado viaje a Estados Unidos. Se observa en este texto el gran saber enciclopédico y la mente organizada que tenía. El pensador se hace presente con todo su bagaje cultural para defender los valores políticos y religiosos que heredó y asimiló a través de su familia"

Sin duda alguna, José Euebio Caro es una de las más destacadas figuras de la literatura en Colombia y en América Latina, ya en el campo de la filosofía, ya como exponente del Romanticismo,ya por sus aportes a la política.



MUESTRA POÉTICA DE CARO 

A OCAÑA

Aquí nací: bajo este hermoso cielo
Por vez primera vi la luz del sol;
Aquí vivieron mis abuelos todos..
¡Adiós, Ocaña! ¡adiós, Ocaña! ¡adiós!

¡Ocaña! ¡Ocaña! ¡dulce, hermoso clima!
¡Tierra encantada de placer, de amor!
Ufano estoy de que mi patria seas..
¡Adiós, Ocaña! ¡adiós, Ocaña! ¡adiós!

Mi padre aquí, de boca de mi madre
El dulce sí por vez primera oyó.
¡Adiós, Ocaña! ¡adiós, Ocaña! ¡adiós!

Y yo también aquí pensé... ¡silencio!
Olvidemos tan plácida ilusión;
Y aunque mi pecho deba desgarrarse,
¡Adiós, Ocaña! para siempre adiós! 

DESALIENTO

Acabaron mis sueños de gloria,
Acabaron mis sueños de amor,
Resta sólo su triste memoria,
Y mi mente perdió su esplendor.

Al salir de mi tímida infancia
A encontrar mi primer juventud,
¡Cuál corría con tierna ignorancia
¡A embriagarme de amor y virtud!

¡Y ese amor que buscaba es mentira!
¡La virtud una amarga irrisión!
¡Los suspiros que daba mi lira!
¡No movieron ningún corazón!

Dulces sueños de amor y de gloria
Si es posible olvidar cuanto fue,
¡Ah! ¡cerrad de mi vida la historia
Cual se abrió, con virtud y con fe! 

(Enero 20 de 1840)

EN BOCA DEL ÚLTIMO INCA

Ya de los blancos el cañón huyendo,
hoy a la falda del Pichincha vine,
como el sol vago, como el sol ardiente.
como el sol libre.

¡Padre sol, oye!, por el polvo yace
de Manco el trono; profanadas gimen
tus santas aras: yo te ensalzo solo,
solo, mas libre.

¡Padre sol, oye!, sobre mí la marca
de los esclavos señalar no quise
a las naciones; a matarme vengo,
a morir libre.

Hoy podrás verme desde el mar lejano,
cuando comiences en ocaso a hundirte
sobre la cima del volcán tus himnos
cantando libre.

Mañana solo, cuando ya de nuevo
por el oriente tu corona brille,
tu primer rayo dorará mi tumba,
mi tumba libre.

Sobre ella el cóndor bajará del cielo.
Sobre ella el cóndor que en las cumbres vive
pondrá sus huevos y armará su nido,
ignoto y libre.

EL CIPRÉS

¡Arbol sagrado, que la obscura frente, 
Inmóvil, majestuoso, 
Sobre el sepulcro humilde y silencioso 
Despliegas hacia el cielo tristemente! 
Tú, sí, tú, solamente. 
Al tiempo en que se duerme el rey del mundo 
Tras las altas montañas de occidente, 
Me ves triste vagando 
Entre las negras tumbas, 
Con los ojos en llanto humedecidos, 
Mi orfandad y miseria lamentando. 
Y cuando ya de la apacible luna 
La luz de perla en tu verdor se acoge, 
Sólo tu tronco escucha mis gemidos, 
Sólo tu pie mis lágrimas recoge. 
  
¡Ay! hubo un tiempo en que feliz y ufano 
Al seno paternal me abandonaba; 
En que con blanda mano 
Una madre amorosa 
De mi niñez las lágrimas secaba... 
¡Y hoy, huérfano, 
Del mundo desechado, 
Aquí en mi patria misma 
Solitario viajero, 
Desde lejos contemplo acongojado 
Sobre los techos de mi hogar primero 
El humo blanquear del extranjero! 
Entre el bullicio de los pueblos busco 
Mis tiernos padres para mí perdidos; 
¡Vanamente!... los rostros de los hombres 
Me son desconocidos. 
Y sus manes, empero, noche y día 
Presentes a mis ojos afligidos 
Contino están, contino sus acentos 
Vienen a resonar en mis oídos. 
  
Sí, funeral ciprés! Cuando la noche 
Con su callada sombra te rodea; 
Cuando escondido en el solitario búho 
En tus obscuros ramos aletea, 
La sombra de mi padre por tus hojas 
Vagando me parece, 
Que a velar por los días de su hijo 
Del reino de los muertos se aparece. 
Y si el viento sacude impetuoso 
Tu elevada cabeza, 
Y a su furor con susurrar medroso 
Respondes pavoroso; 
En los tristes silbidos 
Que en torno de ti giran, 
A los paternos manes 
Escucho que dulcísimos suspiran. 
  
¡Arbol augusto de la muerte! ¡nunca 
Tus verdores abata el bóreas ronco! 
¡Nunca enemiga, venenosa sierpe 
Se enrosque en torno de tu pardo tronco! 
¡Jamás el rayo ardiente 
Abrase tu alta frente! 
¡Siempre inmoble y sereno 
Por las cóncavas nubes 
Oigas rodar el imponente trueno! 
Víve, sí, víve y cuando ya mis ojos 
Cerrar el dedo de la muerte quiera, 
Cuando esconderse mire en occidente 
Al sol por vez postrera, 
Moriré sosegado 
A tu tronco abrazado. 
Tú mi sepulcro ampararás piadoso 
De las roncas tormentas; 
Y mi ceniza entonces agradecida, 
En restaurantes jugos convertida, 
Por tus delgadas venas penetrando, 
Te hará reverdecer, te dará vida. 
  
Quizá sabiendo el infeliz destino 
Que oprimió mi existencia desdichada, 
Sobre mi pobre tumba abandonada 
Una lágrima vierta el peregrino.

EN ALTA MAR

¡Céfiro rápido lánzate! ¡rápido empújame y vivo! 
Más redondas mis velas pón: del proscrito a los lados, 
¡Ház que tus silbos susurren dulces y dulces suspiren! 
¡Ház que pronto del patrio suelo se aleje mi barco! 
¡Mar eterno! ¡Por fin te miro, te oigo, te tengo! 
Antes de verte hoy, te había ya adivinado; 
¡Hoy en torno mío tu cerco por fin desenvuelves! 
¡Cerco fatal, maravilla en que centro siempre yo hago! 
¡Ah, que esta gran maravilla conmigo forma armonía! 
¡Yo, proscrito, prófugo, pobre, infeliz, desterrado, 
Lejos voy a morir del caro lecho paterno, 
Lejos ¡ay! de aquellas prendas que amé, que me amaron! 
  
Tánto infortunio sólo debe llorarse en tu seno; 
¡Quien de su amor arrancado, y de patria, y de hogar y de hermanos 
Sólo en el mundo se mira, debe, primero que muera, 
Darte su adiós, y por última vez, contemplarte, Oceano! 
  
-Yo por la tarde así, y en pie de mi nave en la popa, 
Alzo los ojos -¡miro!- ¡sólo tú y el espacio! 
Miro al sol que, rojo, ya medio hundido en tus aguas 
Tiende, rozando tus crespas olas, el último rayo. 
  
Y un pensamiento de luz entonces llena mi mente: 
¡Pienso que tú, tan largo, y tan ancho y tan hondo y tan vasto, 
Eres, con toda tu mole, tus playas, tu inmenso horizonte, 
Sólo una gota de agua, que rueda de Dios en la mano! 
  
Luégo, cuando en hosca noche, al són de la lluvia, 
Poco a poco me voy durmiendo, en mi patria pensando, 
Sueño correr en el campo en que niño corrí tántas veces, 
Ver a mi madre que llora a su hijo, lanzarme a su brazos... 
  
¡Y oigo junto entonces bramar tu voz incesante! 
¡Oigo bramar tu voz, de muerte vago presagio... 
Oigo las lonas que crujen, siento el barco que vuela 
-Dejo entonces mis dulces sueños y a morir me preparo. 
¡Oh, morir en el mar! Morir terrible y solemne, 
Digno del hombre! -¡por tumba el abismo, el cielo por palio! 
¡Nadie que sepa dónde nuestro cadáver se halla! 
Que echa encima el mar sus olas, y el tiempo sus años!

ESTAR CONTIGO

Oh! ya de orgullo estoy cansado, 
ya estoy cansado de razón; 
¡déjame, en fin, hable a tu lado 
cual habla sólo el corazón! 
  
No te hablaré de grandes cosas; 
quiero más bien verte y callar, 
no contar las horas odiosas, 
y reír oyéndote hablar! 
  
Quiero una vez estar contigo, 
cual Dios el alma te formó; 
tratarte cual a un viejo amigo 
que en nuestra infancia nos amó; 
  
Volver a mi vida pasada, 
olvidar todo cuanto sé, 
extasiarme en una nada, 
y llorar sin saber por qué! 
  
Ah! para amar Dios hizo al hombre! 
¿Quién un hado no da feliz, 
por esos instantes sin nombre 
de la vida del infeliz, 
cuando, con la larga desgracia 
de amar doblado su poder, 
toda su alma ardiendo vacía 
en el alma de una mujer? 
Oh padre Adán! ¡qué error tan triste
cometió en ti la humanidad, 

cuando a la dicha preferiste 
de la ciencia la vanidad! 
  
¿Qué es lo que dicha aquí se llama 
sino no conocer temor, 
y con la Eva que se ama, 
vivir de ignorancia y de amor? 
  
Ay! mas con todo así nos pasa, 
con la patria y la juventud, 
con nuestro hogar y antigua casa, 
con la inocencia y la virtud!... 
  
Mientras tenemos despreciamos, 
sentimos después de perder, 
y entonces aquel bien lloramos 
que se fue para no volver!

DESPEDIDA DE LA PATRIA

Lejos ¡ay! del sacro techo 
Que mecer mi cuna vio, 
Yo, infeliz proscrito, arrastro 
Mi miseria y mi dolor. 
Reclinado en la alta popa 
Del bajel que huye veloz, 
Nuestros montes irse miro 
Alumbrados por el sol. 
Adiós, patria! ¡Patria mía, 
Aún no puedo odiarte; adiós! 
A tu manto, cual un niño, 
Me agarraba en mi aflicción; 
Mas colérica tu mano 
De mis manos lo arrancó; 
Y en tu saña desoyendo 
Mi sollozo y mi clamor, 
Más allá del mar tu brazo 
De gigante me lanzó. 
¡Adiós, patria! ¡Patria mía, 
Aún no puedo odiarte; adiós! 
De hoy ya más, vagando triste 
Por antípoda región, 
Con mi llanto al pasajero
pediré el pan del dolor; 

De una en otra puerta el golpe 
Sonará de mi bastón, 
¡Ay, en balde! ¿en tierra extraña 
Quién conocerá mi voz? 
¡Adiós, patria! ¡Patria mía, 
Aún no puedo odiarte; adiós! 
¡Ah, de ti sólo una tumba 
Cada tarde la excavaba 
Demandaba humilde yo! 
Al postrer rayo del sol. 
«¡Vé a pedirla al extranjero!» 
Fue tu réplica feroz; 
Y llenándola de piedras 
Tu planta la destruyó. 
Adiós, patria! ¡Patria mía, 
Aún no puedo odiarte; adiós! 
  
En un vaso un tierno ramo 
Llevo de un naranjo en flor; 
¡El perfume de la patria 
Aún aspiro en su botón! 
El mi huesa con su sombra 
Cubrirá; y entonces yo 
Dormiré mi último sueño 
De sus hojas al rumor. 
¡Adiós, patria!¡Patria mía, 
Aún no puedo odiarte; adiós!
 



[1] Pabón Núñez, Lucio. “Caro, Ocaña, la guerra y el amor”, en La estampa de un clásico colombiano, Tomo II, Obra Literaria. Bogotá: Publicaciones de la Cámara de Representantes, 1995: 57.
[2] (Id: 57.
[3] Esta casona aún se levanta ruinosa en la orilla derecha del río Tejo, hacia el barrio de La Costa. Durante la Colonia fue un molino de trigo.