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miércoles, 11 de julio de 2012

JORGE PACHECO QUINTERO




Por Oswaldo Carvajalino


        El tiempo en su irreversible transcurrir nos deja nostalgias que suelen traernos al pasado, con su carga impositiva y nos da recuerdos imborrables, imágenes que marcan huellas, figuras de particular incidencia que adquieren un significado especial con el paso de los años; me ocurre exactamente lo dicho con Jorge Pacheco, el gran poeta nacido en Ocaña, quien le cantó al amor, a la mujer  y a su querido terruño… “hacedor de prodigios” y autoproclamado:”yo soy el taumaturgo”… Debido a circunstancias que determina la vida, siendo un niño tuve la oportunidad de conocerlo, pues por vivir en el mismo barrio en Bogotá, a una cuadra de su casa en la Calle 73, me convertí, nos convertimos con mis hermanos, en amigos entrañables de sus hijos, hasta el punto que nos visitábamos todas las tardes y acostumbrábamos a jugar interminables aventuras con la pandilla de la cuadra, incondicionales para competir en justas deportivas con otros barrios cercanos.

El poeta y prosista 
Oswaldo Carvajalino Duque

Jairo el menor, fue de los vástagos del escritor el más querido por nosotros, pero igual lo fueron Rico y Toto, los mayores, de quienes nos separaban algunos años. Con Haydee la única mujer, mantengo aún, una cercanía que nos permite los avances tecnológicos.

Adyacente a la casa de los Pacheco, vivía el hijo único del gobernador del Huila en ese momento, un señor Borrero, primo de Pastrana Borrero, a quién nunca vimos; el niño, Rico y caprichoso, nos invitaba a “onces” pantagruélicas, en su lujoso comedor, con una mesa grandísima servida como para un banquete, repleta de cosas deliciosas, que nos llenaban el corazón y el estómago, pero, para poder disfrutarlas, debíamos someternos a la desagradable autoridad del malcriado anfitrión. Recuerdo como solía comprar una tras otra, cajas de cornflakes, para sacarle las figuritas de plástico, coleccionables, incluidas como sorpresa, dejando de lado su contenido, el apetecible cereal. Nunca me he podido reponer del todo, de tan injustificado derroche.

En ese entonces no sabía del trabajo literario del poeta, bordeaba yo apenas los ocho años y su presencia distante, nos imponía la adustez de su fuerte personalidad, cuando llegaba vestido de negro con saco y corbata del ministerio. Al igual que León D’Greiif, Pacheco Quintero fue funcionario del Ministerio de Hacienda, hasta su jubilación.

Sus funciones allí tenían que ver con las cifras y los balances, no así con el arte, pero su tenaz condición de creador de la palabra, le permitió grandes logros en el campo de la cultura, como historiador, poeta y académico. Se destaca entre sus realizaciones el haber sido el gestor de los recursos para la construcción de la Escuela de Bellas Artes en Ocaña y su posterior financiamiento,permitiendo se alcanzara lo que constituyo un paradigma para los pueblos de Colombia; los aportes que la Escuela, que lleva su nombre, le dio al desarrollo cultural de Ocaña son invaluables, y no permiten discusión. 

En asocio con Lucio Pabón Núñez, el hombre de la triple carrera y meteórico encumbramiento en las alturas del poder, consiguieron los dineros necesarios para su construcción a través del Ministerio de Hacienda, fue pues con los recursos de la nación y no departamentales o municipales, como se llevó a cabo la obra, asunto pertinente dado que en varias ocasiones, más de un gobernador ha pretendido apropiarse de la emblemática edificación, para saldar deudas del departamento. Se pone sobre el tapete la negociación que le permitió a la Universidad Francisco de Paula Santander acceder a dichas instalaciones.

Además por algunos años, los primeros de su historia, contó con una mensualidad generosa (Un millón de pesos mensuales que para La época era una fortuna, por cierto no “upaquizados” pues no se había cristalizado el argumento que  hacía necesario el incremento anual por razones inflacionarias) que le permitió, a su primer director, el maestro Rafael Contreras, administrar, con lujo de detalles, la edad de oro de Bellas Artes, al punto de poder asumir los costos, a través del Instituto Caro y Cuervo, de la biblioteca de autores Ocañeros, obra magna, conmemorativa de los cuatrocientos años de la fundación de Ocaña y que contiene más de veinte volúmenes (pocas, contadas en los dedos de la mano, muy pocas ciudades en Colombia pueden darse tal lujo.) donde se recopila el quehacer de los escritores de toda la provincia. Una vez más, gracias a La liga de los dos personajes: Pacheco Quintero y Pabón Núñez, Siendo los compiladores y prologuistas como editores de la colección. (Me permito repetir que ya es tiempo, de ir oteando una nueva edición, con papel fino y pasta dura)

Jorge Pacheco, marcó relación con la Academia de Historia de Ocaña, cuando apenas era Centro de Historia, como uno de sus fundadores.Hace presencia en un momento estelar de la literatura Ocañera, con figuras de primer orden(de allí nace la importancia de las publicaciones de la Biblioteca de Autores). Miembro de varias academias, tanto colombianas como Ibéricas y latinoamericanas, se coloca en línea con la intelectualidad de la nación, heredera de la generación del centenario y a puertas de una eclosión del conocimiento global. En tal sentido la pléyade de escritores Ocañeros, cuya generación prosigue a la de “Los Felibres”:Milanés, Tablanca, y Felipe Antonio Molina; conformada por pesos pesados como Páez Courvel y Lucio Pabón para mencionar dos cumbres, el mismo Jorge Pacheco y sus compañeros en el Centro de Historia de Ocaña, Sánchez Rizo, Molina Lemus, Marco A. Carvajalino,  y todos aquellos otros, Manuel Benjamín Pacheco, luego, Ciro Osorio Quintero, Emanuel Cañarete, Eligio Álvarez, etc., quienes brillaron con luz propia, para repetir la manida pero recursiva frase, constituye la representación más fulgurante de arte regional.

Buena parte de éstageneración orbito alrededor de instituciones de trascendencia iberoamericana como el Instituto Caro y Cuervo y las Academias Colombianas tanto de la lengua como de la historia y la Bolivariana.

Fue pues Jorge, poeta e historiador de muchas luces, mantuvo su cordón umbilical con Ocaña, buena parte de su obra poética alude al bucólico paisaje y al telúrico sentido de pertenencia, a la hermosura proverbial de sus mujeres… y al amor por supuesto que le atizó el corazón hasta encenderlo en un fuego otoñal e inmisericorde, vivió la experiencia del amor correspondido y la desolación de la ausencia, en el consecuente desamor… su poesía lava esas heridas con la transparencia de su alma desnuda y  sufriente… por aquella época de la estadía en el barrio San Felipe, en Bogotá, conocí también a la musa de sus sueños, convertidos en nuevas creaciones, era “la Muñe”, una hermosa morena venida de la costa y lo digo pecando de infidente, en un hecho de estricto carácter personal y familiar, pero como el tiempo termino por otorgarle importancia en lo meramente literario, da justificación al desatino de contarlo. Se trataba de una sobrina de Leonor Jácome (Por cierto pariente de papá) la esposa del poeta, ella vino a vivir en la capital y se hospedó en casa de sus tíos, con ardores de primerizo, Jorge se enamoró perdidamente de la bella morena, entonces escribió:

“El verdadero amor
como es eterno,
solamente una vez en la vida
se posa en nuestros pechos,
no lo dejes huir
porque inocencia y amor
no se repite,
como tampoco se repite el tiempo”

… porque esas premuras amorosas que atacan al hombre con los rigores de la andropausia, adquieren dimensiones cósmicas en el corazón del poeta, no en vano la sutileza de los versos, desangra al poseso enamorado y vierte sobre el papel, la hiel de su amargura, con la dulzura de inefables metáforas.

“La Muñe”, Ana María Jácome Del Vecchio, inspiró buena parte de su obra final, por lo menos publicada que yo conozca, en los poemarios “Los júbilos de amor y abecedario de ausencias “… Cuece en el horno del amor imposible, “la dolorosa forma de internar los recuerdos”, como lo proclama en las “Cuatro calas de ausencia.”

Trascribimos cada una de ellas:

CUATRO  CALAS  DE  AUSENCIA

PRIMERA CALA

Cuando tú te hayas ido,
me cortaré las manos
para cubrir con ellas las grietas del recuerdo.
Me sacaré los ojos
para mirar a ciegas tu voz y tu desnudo.
Me arrancaré los labios
para que no mediten la historia de tus besos.
Mutilaré mi sombra
para que no se vaya detrás de tu sonrisa.
Cuando tú te hayas ido.

Cuando tú te hayas ido,
sacaré de mi frente
mariposas amargas con espinas de luto.
Violaré los paisajes
que saben de memoria los ecos de tus pasos.
Colgaré del silencio
la voz de mi guitarra morena en plenilunio.
Y acuñaré mis penas
con pedazos de estopa y astillas de quebranto.
Cuando tú te hayas ido.

Cuando tú te hayas ido,
correré por el valle
persiguiendo palabras azules en la brisa.
Subiré a la montaña
y en las cumbres gemelas recordaré tus senos.
Extraviaré mi tacto
Queriéndote encontrar al lado de un aroma.
Y el alma enloquecida
Se tenderá de bruces sobre la usada hierba.
Cuando tú te hayas ido.

Cuando tú te hayas ido,
en todos los puñales
habrá una gota nueva de sangre que me busca.
Golpearé con la frente
los muros de la cárcel que me roba tu espíritu.
Bajaré la cabeza
para cumplir la cita con Dios en el ocaso.
Y escribiré los versos
que no comprenderás hasta que yo muera.
Cuando tú te hayas ido.

SEGUNDA CALA

Porque tú te me fuiste,
se me volvió pequeña
aquella luna grande que no cabía en el cielo
los peces en el agua
escriben delirantes esquelas sin sentido.
Se congeló el aroma
que copiaba tu imagen sobre las golondrinas.
Y enrolló los paisajes
y los guardó en el alma como cosas inútiles.
Porque tú te me fuiste.

Porque tú te me fuiste,
no se cumple el milagro
del trigo en las espigas morenas de la tarde.
Cargadas de distancia,
agonizan, en sombra, la luna y las violetas.
La rosa adolescente
pierde la doncellez en un lecho de espinas.
Y se quedan suspensas
en el cielo nocturno las palomas en vuelo.
Porque tú te me fuiste.

Porque tú te me fuiste,
se despedaza el trino
de las plumas azules contra las ramas negras.
La tristeza limita
el color de los pájaros mineros de la noche.
La luz de la campana
no ilumina la torre con su blanco sonido.
Y al gajo de mis penas
le brotaron agudas espinas de silencio.
Porque tú te me fuiste.

Porque tú te me fuiste,
mi soledad se esconde
detrás de una muralla de alfileres amargos.
Las rosas inclinadas
parecen calaveras de niños no nacidos.
Se le acortó la vida
a la muerte que llevo llorando por tu ausencia.
Y mis últimos versos
no encuentran la medida del nivel de tu espíritu.
Porque tú te me fuiste.

TERCERA CALA

Para que tu regreses,
le pediré a la aurora
que cultive los pájaros de luz que te despierten.
Le pediré a la tarde
que pinte los crepúsculos con mágicos pinceles.
Le pediré a la noche
que me clave las manos con clavos de azucena.
Le pediré a la luna
que tu sueño lo acune en su barca de almendra.
Para que tú regreses.

Para que tú regreses,
les pediré a los ángeles
que sobre sus plumones reparen tu cansancio.
Les pediré a los lirios
que enciendan su blancura sin pensar en tus labios.
Les pediré a los cielos
que borren de la tierra los negros precipicios.
Le pediré a la tierra
que se cubra de flores y de aromas y trinos.
Para que tú regreses.

Para que tú regreses,
le pediré a mi boca
que te cubra la boca con un sello de besos.
Les pediré a mis manos
que inventen las caricias que sospechan tus senos.
Le pediré a mi carne
que a la tuya se una con todos los contactos.
Le pediré a mi sexo
que socave tu surco el origen del canto.
Para que tú regreses.

Para que tú regreses,
le pediré al amor
que en el pecho te hiera con su dardo divino.
Le pediré a la vida
Que consigne en mis arcas tus tesoros más íntimos.
Le pediré a la muerte
que se pierda en la selva más remota del tiempo.
Y a Dios le pediré,
para que tu regreses,
que, a cambio de la gloria, me otorgue tu regreso.

CUARTA CALA

Porque tú no has venido
las golondrinas tienen
incompletas las alas sobre los nacimientos.
Las nuevas mariposas
hacen votos azules de castidad perpetua.
Los pájaros incumplen
la misión transparente de perforar el cielo.
Y la flor del naranjo
se niega a coronar el sueño de las vírgenes.
Porque tú no has venido.

Porque tú no has venido,
las abejas agotan
el polen y la miel en alados venenos.
Sobre las tempestades
abrochan las estrellas los botones del rayo.
Florece la locura
como una espiga negra al borde mi almohada.
Y mis penas se ahondan
como pozos cavados en mitad de la noche.
Porque tú no has venido.

Porque tú no has venido,
me duele la sonrisa
que pongo al levantarme para escribir el rostro.
Llorando sacrificio
los corderos de luz que nacen en el agua.
Mi voluntad de hombre
atraviesa la lluvia reseca del silencio.
Y el mundo se destruye
cuando cierro los ojos para verte lejana.
Porque tú no has venido.

Porque tú no has venido,
mis romances discuten
la dolorosa forma de enterrar los recuerdos.
Las palabras se esconden
detrás de mis poemas como mujeres mudas.
Y mi sombra se alarga
por el lado irrompible del arco de la muerte.
Porque tú no has venido,
la especie en un segundo
perdió millones de años en preparar un beso.

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