domingo, 20 de noviembre de 2011

EL CARMEN, HISTORIA REGIONAL

REMINISCENCIA SOBRE TRES PERSONAJES ILUSTRES DE EL CARMEN, NORTE DE SANTANDER


Por Ferdinando Casadiegos Cáceres
Correspondiente de la Academia de Historia de Ocaña












Quiero aprovechar esta honrosa distinción que me hace la Academia, para rendir homenaje a mi tierra natal, El Carmen, destacando la memoria de tres personajes que dejaron honda huella en la vida de los habitantes de mi pueblo y quienes de una u otra forma también dejaron profunda impronta en mi vida.

No pretendo zaherir susceptibilidades políticas o religiosas con este trabajo, solo me mueve el interés de que se conozcan aspectos muy particulares de los personajes sobre los cuales voy a tratar y que ya hacen parte de la historia, con los cuales tuve la fortuna de compartir muchos momentos.

Son ellos, Enrique Pardo Farelo (Luis Tablanca), José Antonio Cianci Caldas, y Fidel Blandón Berrío (el profesor Antonio Gutiérrez).

1. Enrique Pardo Farelo.

En el mundo de las letras (Luis Tablanca), descolló con luz propia y su obra hoy olvidada, enaltece la literatura nacional, bien en la novela con “Tierra Encantada”, y “una Derrota sin Batalla”, ya en el cuento con “Cuento Fugaces” y “Cuentos Sencillos”, ora en la poesía, recogidos sus poemas en “Flor de los Años”.

Yo sé que quienes nos acompañan esta noche, no son ajenos a la producción literaria de Luis Tablanca, por ello no pretendo en esta presentación adentrarme en su obra literaria.

Tal vez me quede con su “Burrito Blanco”, porque me sirve este poema, par de los de Pombo e Iriarte, para evocar la personalidad de don Enrique, como lo llamábamos cariñosamente en El Carmen.

Don Enrique Pardo Farelo

Todos los días a las seis de la mañana, don Enrique salía de su casa, y con paso lento iba recorriendo las calles de El Carmen, saludando con cariño a los paisanos que encontraba. Inquiría por la salud de alguien de quien había sabido que se encontraba enfermo.

Fuera de escribir, a don Enrique le encantaba levantar muros de contención como personero perpetuo que fue de El Carmen. A él se le deben los preciosos miradores que adornan la población, la vieja escuela de varones y muchas obras de mampostería, como los baños públicos del barrio San Luis, para que los campesinos tuvieran a donde ir a hacer “sus operaciones”, según decía.

No era hombre de parrandas, fiestas y francachelas. Discreto y sencillo, “víctima ilustre de la modestia” como dijo el presidente Eduardo Santos, de conversación agradable y con una fina ironía cuando hablaba de políticos y de literatos.

Después de codearse con lo más granado de la sociedad bogotana, y de haber disfrutado de la amistad de personajes como Eduardo Santos, Guillermo Valencia, Agustín Nieto Caballero, Alfonso López y otros grandes de Colombia, volvió al terruño porque el amor por su viejecita, doña Claudina Farelo, era un imán que le atraía irresistiblemente.

Para él, entonces el mundo lo constituían la madre adorada y El Carmen entrañable.

Cuando quien escribe estas líneas, cursaba el quinto año de primaria, motivado por el deseo de leer, se acercó a la botica “Pardo Farelo y Buitrago”, que como toda botica tenía medicamentos, libros y otras mercancías y vio a don Enrique, organizando unos cuantos libros viejos y empolvados y le pidió que le prestara uno de ellos, “con mucho gusto” me contestó y me tendió la “Bella Durmiente”, poniéndome la condición de que al terminar la lectura, volviera a contarle qué había leído y me prestaría otro libro. Así nació mi afición por la lectura que no he podido abandonar jamás.

De sus años mozos, le quedó un hijo, Valentín Pardo a quien envió a estudiar al colegio Caro, pero Valentín prefirió el mundo del comercio, y no el camino de las letras de su progenitor.

Cuando en 1.949, la policía se tomó el Carmen, don Enrique y su familia tuvieron que esconderse y luego padecer los vejámenes, cuando allanaron su casa, no obstante que el gobernador, Lucio Pabón había dado orden de respetarlo. Fueron los momentos más difíciles y crueles para el espíritu sensible del escritor.

En 1959 escribí una pequeña semblanza sobre su vida, que publicó el “Semanario Manifiesto”; muy a las siete de la mañana llegó a mi casa a felicitarme, “no por lo que había dicho sobre él,- me dijo- sino por el camino que podría abrírseme en el mundo de las letras”.

Calle Real y Parque principal de El Carmen
en 1945

Finalmente, debo decir que don Enrique fue el modelo en que nos mirábamos todos los hijos de El Carmen, por su honestidad, su sencillez, su civismo, su don de gentes, era el vir bonus de que nos habla la Biblia.

Con la muerte de su señora madre, don Enrique se fue marchitando y el primero de junio de 1965, entregó su alma al creador y sus restos reposan en el cementerio de El Carmen.

2. José Antonio Cianci Caldas

José Antonio Cianci Caldas, nació el 6 de mayo de 1908 en Mompox, pero desde sus primeros meses de vida, la familia se residenció en El Carmen y José Antonio se educó en el colegio Caro, destacándose posteriormente en filosofía y letras.

Esta familia de los Cianci, creció y hoy sus ramificaciones, se extiende por Pailitas, Valledupar y Barranquilla.

Toño, como familiarmente lo llamábamos, era un hombre menudo, delgado, hijo de don Hércules Cianci Tarcitano y de doña María Caldas Herrán (de Fresno Tolima). Su familia italiana, de Calabria, venía huyendo de la guerra del cuarenta y cinco, y tras recorrer varias poblaciones de Colombia, se ubicó en El Carmen, más concretamente en la vereda de El Sul, en donde compraron una finca, cerca a la de mi abuela, Débora Sánchez, a la que pusieron el nombre de Colombia.

José Antonio Cianci, fue un poeta de la escuela de Luis Tablanca. En el periódico Patria, dirigido por el intelectual carmelitano Luis Daniel Pineda Quintero, en 1933, encuentro este hermoso poema: “Atardecer”

Crotorar de cigüeñas en el noble empinado,


Que se alarga en las ondas cristalinas del río;


Reverbera a lo lejos en el vasto plantío,


El destello escarlata del ocaso incendiado.




Emerge bajo el dombo del azur sosegado,


Del alma de las cosas un hálito de hastío;


Hay un rumor de fontanas en el bosque sombrío


Y blancura de cisnes en el risco elevado.




El rubí que fulgura tras la cresta del monte


En el confín lejano del rojizo horizonte,


Insinúa en el seno de las aguas tranquilas




Su silueta redonda como una moneda,


Mientras tiemblan las hojas de la verde alameda,


Como mil esmeraldas en mis hondas pupilas.

También se distinguió en la prosa, que manejaba con fluidez y casticidad. En Pailitas en donde residió varios años, me leyó apartes de su obra inédita “Arturo Cova o la Epopeya del Llano”, que él decía ser la continuación de la Vorágine, con los mismos escenarios y siguiendo el lenguaje de José Eustasio Rivera, pero narrando con patetismo la situación de los caucheros que Rivera no alcanzó a profundizar.

Toño era un hombre pobre que se ganaba la vida dictando clases, pero su gran vocación fue la literatura y la política. Por el partido liberal daba la vida. No era un liberal cualquiera, era un radical de los chapados al estilo de los convencionistas de Río Negro, que le rendía culto a Víctor Hugo y a la Revolución Francesa.

De ademán enérgico y contundente, era excelente orador, que se trasformaba frente a las multitudes y a su contacto su estatura menuda se agigantaba.

Su acendrado liberalismo lo llevó a representar a El Carmen en la Asamblea de Norte de Santander, en donde libró amplios debates en defensa de la provincia de Ocaña.

Durante el gobierno de Ospina Pérez y Laureano Gómez, tuvo que perderse de El Carmen y el 16 de noviembre de 1949, cuando la “chulavita” masacró a El Carmen, dejándole 45 muertos, lo buscaron por cielo y tierra, como lo hicieron igualmente con la distinguida matrona carmelitana, Ana Beatriz Castilla de Toro, para fusilarlos en la plaza pública, como sí lo hicieron con Manuel Carvajalino Peña, a quien asesinaron frente a la casa de Alberto Cianci, en mi presencia.

Huyendo de las persecuciones, fue a parar a la población de Río Viejo frente a la Gloria (hoy Cesar), en donde mi padre tenía un pequeño establecimiento de comercio. Allí permaneció Toño por algunos meses, hasta cuando se supo que la policía se tomaría la población, entonces nos tocó huir en una frágil canoa, atravesar el río e internarnos en la manigua; pasados dos días los zancudos nos hicieron salir, pero afortunadamente la policía ya se había marchado.

De la Gloria pasamos a vivir a Pailitas y Toño siempre nos acompañó. Esta era una pequeña población con categoría de corregimiento. Residenciados allí, Toño desplegó toda su actividad hasta lograr elevar el corregimiento a la categoría de municipio del cual fue diputado a la Asamblea del Magdalena.

Pailitas levantó un Busto a su memoria, pero con las remodelaciones que los alcaldes suelen realizar al final de sus mandatos, el busto fue a parar al cuarto de san Alejo, sin embargo, hoy Pailitas es uno de los municipios más prósperos del Cesar y sus habitantes guardan en su memoria con cariño y gratitud al creador del municipio.

José Antonio Cianci murió en la ciudad de San Cristóbal, en Venezuela en 1973, en donde se encontraba con su hijo Eliécer.

3. Fidel Blandón Berrío (profesor Antonio Gutiérrez)

Tal vez resulte extraño hablar de este personaje que no es carmelitano cuyo paso por la población fue fugaz, pero en el transcurso de mi relato podrán comprender la razón por la cual lo incluyo en esta ponencia.

El padre Fidel Antonio Blandón Berrío, autor de “Lo que el Cielo no Perdona,” fue conocido con el seudónimo de Ernesto León Herrera cuando, a raíz de las persecuciones que su obra desató tuvo que esconder su verdadero nombre; posteriormente adoptó el de Antonio Gutiérrez Berrío para distraer a quienes pretendían asesinarlo, no sólo por su libro, sino por móviles de oscura política que nunca lograron aclararse.

El profesor Antonio Gutiérrez, como lo conocían sus alumnos y amigos, era un hombre de tez morena, de rostro adusto, de expresión y ademanes fuertes, pero de un corazón generoso, de una extraordinaria bondad; un hombre compresivo y humano como pocos, y siempre con el corazón abierto para todos. No obstante las calumnias y persecuciones que padeció, jamás anidó el más leve rencor en su espíritu.

El profesor Gutiérrez fue un personaje legendario. Para muchos había muerto en 1.953, cuando en verdad su deceso ocurrió el 3 de diciembre de 1.981 en Facatativa (Cundinamarca).

Para unos se trataba de un cura guerrillero, tal vez el primero en este siglo. Para otros era un santo.

El misterio y la leyenda arrancan de las breñas antioqueñas y de las poblaciones de Dabeiba, Peque y Uramita, en donde ejerció su ministerio sacerdotal. Allí su espíritu apostólico sufrió el primer impacto ante la violencia que sufrieron los liberales de su parroquia, a quienes aconsejó que se fueran a las montañas para proteger sus vidas.

Sin otra alternativa, las patriarcales familias de Juntas abandonaron sus hogares y construyeron sus viviendas en el corazón de la manigua, en donde se organizaron en brigadas para la vigilancia, la defensa y la ayuda mutua, siguiendo las orientaciones de su párroco.

Burlando la severa vigilancia de los “chulavitas”, desacatando las órdenes de sus superiores y enfrentando las denuncias de los comandantes de la policía de Antioquia, el padre Blandón Berrío aprovechaba las sombras de la noche para subir sigilosamente a la montaña, en donde sus antiguos feligreses, mediante claves y mensajes especiales, lo iban orientando para que llegara hasta sus viviendas, en donde se reunían todos a escuchar la santa misa y los consejos que el sacerdote les daba. Con el mismo sigilo de la ida, regresaba a la población, sin que los cancerberos colocados en las bocas de la montaña pudieran comprender cómo retornaba a la casa cural.

Su comportamiento desató las iras del gobierno y de la iglesia. Monseñor Ángel Builes, obispo de Santa Rosa de Osos, de quien el padre Blandón había sido su secretario, le prohibió el paso por su diócesis. Su ordinario le quitó la parroquia y las autoridades manifestaron que ante la protección que estaba dando a los “bandoleros” no respondían por su vida.

Sin embargo, no desmayó en su tarea. Subrepticiamente hacía llegar vestidos, drogas y alimentos hasta las montañas.

Habiendo arreciado la violencia, desautorizado por su obispo, sin parroquia y perseguido por las autoridades, se dirigió a Medellín, en donde encontró a muchos de sus antiguos feligreses que deambulan en busca de protección.

El padre Blandón continuó su lucha, organizó lavanderías, librerías, ventorrillos, y sastrerías para ayudar a la gente sin hogar.

De todo el país llegó la ayuda y las familias se fueron instalando, pero los nuevos grupos desalojados del occidente antioqueño llenaban las calles de Medellín. Entonces se propuso retornarlos a sus hogares con la ayuda de muchas personas generosas de la ciudad. Fue así como un buen día logró poner en marcha a miles de familias del occidente antioqueño.

La peregrinación partió de Medellín rumbo a Peque, con la protección del ejército.

El periodista Alberto Yepes, narró aquella marcha en un folleto intitulado Peque:

“La impresionante caravana marchaba a través de un paisaje desolador. De ella hacían parte familias enteras en las cuales hay niños y cuya edad fluctúa entre tres meses y ocho años de edad (sic). Los mayores caminaban con los pequeños en los brazos o a la espalda, y a pesar de sus penalidades de la marcha (sic) todos avanzaban alegres de regresar a la tierra que fue suya y labraron sus mayores... La caravana la encabezaba el presbítero Blandón Berrío, de casco de corcho, morral y lámpara.

Llevaba la raída sotana recogida hasta la rodilla. Solo una vez en los kilómetros del pesado camino, aceptó montar un rato a caballo. Iba contento de regresar a la que un día fue su parroquia, confundido con los restos de su feligresía....”

Contra quienes ayudaron a estas gentes desamparadas se acrecentó la persecución. Monseñor Ignacio Andrade Valderrama, obispo de Santafé de Antioquia, fue sacado de su diócesis y murió sin poder retornar a ella.

Para salvar su vida, el padre Blandón tuvo que salir de Medellín, dejar el sacerdocio y cambiar radicalmente de estado. En Bogotá se dedicó a escribir. De sus experiencias salió ese extraordinario documento histórico: “Lo que el Cielo no Perdona”, en el que se denuncia a los autores de la violencia y se escribe con mayúscula el nombre de las víctimas y de los victimarios. En este libro estremecedor, que desató nuevos odios y persecuciones, aparecen los policías jugando fútbol con la cabeza de una de sus víctimas y el sacerdote colocando en ataúdes los brazos mutilados de sus feligreses. Para acallarlo se le tendieron celadas: intentaron involucrarlo en crímenes realizados por facinerosos que utilizaban su nombre, pagados por personas presentadas a la luz pública como los causantes de la violencia en Antioquia. Fue tanto el acoso que un buen día muchos de sus amigos en Bogotá lo ayudaron a “desaparecer” del panorama nacional.

Se dijo entonces que había ido a los Llanos para llevar a los guerrilleros parte del dinero de su libro. Otros afirmaban que había puesto tierra de por medio y que se encontraba por la Costa Atlántica. Se rumoró que había sido asesinado y su cadáver lanzado al río Sogamoso. Curas y religiosas sostenían que había viajado a Roma a denunciar a los obispos politiqueros.

La verdad es que había tenido que desaparecer porque pistoleros a sueldo pretendían liquidarlo por su apoyo a los guerrilleros.

Habiendo cambiado la situación política, concedida la amnistía a los guerrilleros, por el general Rojas Pinilla, el profesor Gutiérrez quiso reorganizar su vida. Primero se radicó en Cúcuta y luego en Villa de Rosario, donde fundó un colegio con el nombre de Monseñor Pérez Hernández, en honor del obispo de esa diócesis. Después, nuevamente perseguido, resolvió radicarse en Pamplona, allí el padre Rafael Farias, autor de los viejos textos de religión y de filosofía, lo acogió bondadoso y lo hizo nombrar profesor del Colegio del Norte, origen de la Universidad de Pamplona. Pero su tranquilidad duró poco: un año más tarde unas monjitas lo identificaron en un mosaico del colegio y de inmediato le comunicaron al arzobispo, quien por cierto había sido su compañero y superior en el Seminario de Misiones de Yarumal, Monseñor Aníbal Muños Duque, nombrado luego cardenal. No se supo que pasó pero a altas horas de la noche, como en los tiempos de Juntas, de Uramita y de Dabeida, envuelto en las neblinas de Pamplona, el padre Farías llegó sigiloso hasta el hogar del profesor y le dijo que debía salir inmediatamente de la ciudad y le dio su bendición. Ahora su nuevo refugio fue el pueblecito encantador de El Carmen. Allí vivía don Enrique Pardo Farelo (Luis Tablanca), quien lo acogió fraternalmente. No fue mucha la tranquilidad de la que pudo disfrutar; solamente alcanzó a fundar un colegio de primaria y bachillerato, con el nombre de Luis Eduardo Nieto Caballero. Pero a los seis meses el cura párroco tuvo algunas informaciones equivocadas sobre su vida pasada, con el agravante de que por esa época (1.959) el periodista Alberto Yepes, publicó en la revista Cromos un artículo novelesco, en el que hablaba de cosas que el padre nunca había hecho, convencido de que efectivamente había muerto en Sogamoso y que bien podía tejer sobre su vida, leyendas que no iban a ser rectificadas, pues estaba seguro de su desaparición. Por esto el sacerdote tuvo que huir de nuevo, ya que varios detectives se presentaron a la población en su búsqueda por las denuncias del párroco.

Cuando el reloj de la iglesia hacía sonar las ocho de la mañana y los jacarandosos alumnos del colegio Luis Eduardo Nieto Caballero esperaban impacientes que el “profe” chancero y bonachón, les abriera las puertas, éste iba llegando a la serranía de Bobalí en donde, entre los árboles, con mirada asustadiza y maliciosa, los indios motilones lo veían pasar rumbo a la cima. Era ésta una región de clima suave, de vegetación exuberante, habitada por dos familias, pero en la cual tenían los indios motilones su dominio. Hasta allí llegó después de dos días de camino y fue acogido por unos humildes campesinos que se convirtieron en su propia familia. Al poco tiempo levantó la Escuela Veredal Alfonso López Pumarejo y, para honrar al gran patricio, escribió un largo poema del cual son estos versos:

“Ha muerto el defensor de la justicia,


De la igualdad fraterna y el derecho,


Y lloran las campanas


En las rubias mañanas


Con su voz lastimera;


Y llora la bandera


Que cruzaba su pecho.

Finalmente, en uno de los árboles más altos colocó la bandera de Colombia.

Iglesia parroquial y Parque principal
de El Carmen. Foto reciente Diana M.Páez

Hasta El Carmen llegó la noticia de que el profesor estaba viviendo en Motilonia con la familia, y un grupo de amigos organizó una caravana y llegó hasta esos lejanos riscos. Allí lo encontraron enamorado de la naturaleza, enseñándoles a los niños las primeras letras y cultivando la tierra. Pensando que ya los odios y las persecuciones se habían calmado regresó a la población, con tan mala suerte que a los ocho días, los detectives rondaban la casa en que se había alojado; por esta razón hubo que sacarlo a media noche y enviarlo a Bucaramanga. De allí se dirigió a Pailitas (Cesar), en donde tenía la intención de fundar un colegio; sin embargo, también los detectives lo ahuyentaron de ese lugar, debido a las informaciones del párroco de El Carmen.

Por insinuación de Enrique Pardo Farelo, quien tenía familiares residentes en la población de El Difícil (Magdalena), se enrumbó hacia dicha población.

El Difícil estaba habitado por gente trabajadora, generosa y buena. Además tenía la ventaja de que era bastante complicado llegar hasta allí, pues solamente entraba un camión cada ocho o quince días y, cuando llovía, pasaban meses sin que alguien pudiera arribar.

En este pueblo el profesor pudo vivir tranquilo unos años. Organizó un colegio de primaria y de bachillerato con el nombre de Liceo Bolivariano, se puso al frente de la creación de la parroquia y en una larga batalla con el municipio de Plato logró, en asocio de los más prestantes personajes de la población, que el Difícil fuera elevado a la categoría de municipio con el nombre de Ariguaní (1.961).

Un día el cura párroco de Plato celebró una misa en el Difícil, oportunidad que aprovechó el profesor Gutiérrez para llevar los alumnos de su colegio y participar en los ritos y cantos; utilizaba el latín con gran facilidad, lo que llamó la atención del sacerdote de Plato, quien no tardó en comunicarle al obispo de Santa Marta, Norberto Forero y García, la inquietud que le dejó el maestro. Posteriormente empezaron a llegar sacerdotes vestidos de civil, haciendo averiguaciones sobre la vida del profesor Gutiérrez, pero éste, imperturbable, continuó su labor docente y social. Trabajaba hasta las dos o tres de la mañana a la luz de una vela –el pueblo carecía de alumbrado- al otro día a las siete de la mañana estaba frente a sus alumnos, dictando clases de gimnasia, de español, de matemáticas, de canto. Hacía de todo.

Cierto día llegaron dos individuos al colegio preguntando por el profesor. Éste se puso la camisa y salió a recibirlos, cruzó unas palabras con los visitantes y luego, dirigiéndose a su esposa, le dijo: “Mija, me llevan: son detectives; no se preocupe, tenga cuidado con los niños”. De allí a la alcaldía el pueblo se fue arremolinando, así como los estudiantes, quienes abandonaron el colegio, lo que motivó la intervención de las autoridades para tranquilizar a la gente enfurecida. Los detectives salieron con el profesor rumbo a Santa Marta, de donde fue llevado a Bogotá de juzgado en juzgado y de cárcel en cárcel, sin que se conocieran los motivos de su detención, luego apareció encerrado en la cárcel de Santa Rosa de Viterbo (Boyacá), cuyo director no pudo dar explicación sobre la permanencia del profesor en dicho establecimiento.

De Santa Rosa de Viterbo fue remitido nuevamente a Bogotá, gracias a las gestiones que desde el Difícil se lograron hacer ante el Procurador General de la Nación, doctor Hidalgo Bueno.

Dos detectives lo llevaron esposado hasta las dependencias del antiguo Servicio de Inteligencia Colombiano (Sic), hoy Das, en donde permaneció varios días, y tras dispendiosa revisión de los libros, se encontró que existía una orden de captura en su contra por “haber escrito Lo que el Cielo no Perdona”.

Realmente el libro había causado tal impacto y en él habían salido tan mal librados, la Iglesia y el gobierno de entonces, que se prohibió su lectura desde los púlpitos y se ordenó recoger todas sus ediciones en el país.

Del Sic, Blandón Berrío fue remitido a diferentes juzgados de instrucción criminal, los cuales se negaban a recibirlo porque carecían de proceso en su contra; por último, un juzgado de instrucción lo recibió –por insistencia del Sic- y libró boleta de encarcelación para la Cárcel Nacional Modelo “mientras definía su situación”. Allí estuvo recluido 28 días. Fue necesario que el entonces jefe de la Dirección Nacional Liberal, Julio Cesar Turbay Ayala, interviniera por medio del penalista Santiago Romero Sánchez, para que el Procurador investigara la razón por la cual no se le había resuelto la situación jurídica. Y como la única sindicación real era haber escrito Lo que el Cielo no Perdona, se ordenó su libertad inmediata. El diario El Tiempo dio cuenta de ese suceso y publicó la rectificación que el profesor Gutiérrez hizo de los infundios del periodista Yepes y aclaró la razón por la cual había tenido que desaparecer del escenario nacional.

Aclarada la situación, volvió a el Difícil; allí permaneció otros años y luego se trasladó a Santa Marta, en donde, pese a la oposición del obispo, fue profesor del Liceo Celedón y de otros planteles educativos y columnista del periódico El Informador.

Habiendo roto con todo lo que lo ataba a sus antiguas actividades, dispensado por la Santa Sede de sus servicios sacerdotales, y autorizado por la misma, legalizó su matrimonio (1.967) en la ciudad de Medellín, en la Iglesia Metropolitana, dentro del mayor silencio por exigencia de las autoridades eclesiásticas. Tiempo después, en 1.971, se desempeño como vicerrector del Colegio Nacional Emilio Cifuentes en la ciudad de Facatativa (Cundinamarca), en donde pudo disfrutar de la paz del Frente Nacional y añorar los días azarosos pero apostólicos de sus marchas. Desvinculado de sus viejos amigos y de las amistades que le brindaron altos personajes de la literatura y el periodismo, se perdió en la tranquilidad de su trabajo educativo y en la entrega total a su hogar.

El 3 de diciembre de 1.981 se anunció en forma sencilla en carteles fúnebres: “El profesor Antonio Gutiérrez Berrío murió”. Lo cierto es que Facatativá no se dio cuenta de que por su tierra había pasado un gran patriota, un insigne educador, un hombre de fe inquebrantable, un cristiano viejo que se fue con Dios en el corazón; un antioqueño puro de aquellos que descuajaron árboles y fundaron pueblos y dejaron en cada recodo una imagen de la virgen.

El profesor Gutiérrez vivió cada estado de su existencia con el más profundo espíritu cristiano, con la entrega más completa a su labor; fue un servidor incansable de la sociedad y un apóstol de la Virgen María.

No alcanzó a publicar una serie de escritos como El Hombre que era otro hombre (novela) y Carmen la del Carmen (ensayos y poemas), obras que se encuentran en poder de su familia.

Como lo insinué al hacer la introducción de éste trabajo, he querido rendirle un homenaje a mi pueblo natal, a través de estos tres personajes, pero lejos de mí pretender exaltar esa lucha partidista en que se trenzaron nuestros antepasados, y que solo le dejaron dolor y ruina a los pueblos.

Será la historia la que juzgue la actuación de muchos personajes que sembraron amargura y tristeza en la vida de nuestros coterráneos.

Este poema del padre Blandón Berrío, refleja el impacto que sintió cuando pasó por El Carmen en 1959

Misa Negra


Este pueblo era un ara majestuosa


cubierta con manteles de pureza,


y cada corazón, un pebetero


de libertad, de paz y de nobleza.




Este Monte Sagrado estaba al fondo,


colosal monumento de grandeza,


bajo un cielo de luz y de esperanza


que a todos nos brindaba fortaleza.




La diosa Libertad tendía sus alas


de luz, de bienestar y de hidalguía


y amor brindaba, desbordado el cielo


salpicado con risas de alegría.




Todo era dicha en este pueblo y calma


que entonces paz y libertad vivía


y El Carmen era un Carmen armonioso


de divina y celeste poesía.



Pero sonó la hora del oprobio


cual rugir de chacal en las montañas


y un sacrílego en nombre de la Patria


y en nombre de Dios, a las cabañas


despertó con sus gritos de sectario,


y con el dolo de sus negras mañas


hizo correr la sangre en los altares


cumpliendo la más vil de sus hazañas.




Una ráfaga de odios y de muerte


se abatió sobre el pueblo libertario,


traicionado en su fe por un falsario


que, engañando, trató de hacerse fuerte.




Destrozados cayeron los valientes


por el bárbaro fuego de las hordas


que a los lamentos, sus conciencias sordas,


cumplieron la misión de delincuentes.




El bárbaro levita, cruel, sectario,


Consumaba su negro sacrificio


Prostituyendo el clerical servicio


Para hacerse caníbal sanguinario.




Y el ara quedó manchada


y la víctima fue el pueblo


por el crimen de ser libre


y de tradición honrada.




Y cayeron los caídos


hasta el seno de la tierra,


mas el nombre de aquel hombre


se quedó prostituido.




Hoy el pueblo de El Carmen sigue altivo


mirando sus grandiosos ideales,


pero guarda el recuerdo negro y vivo


de aquél cura traidor y sus chacales.




Sobre las tumbas florecieron flores,


la roja sangre se vertió en claveles,


la Libertad expande sus fulgores,


las amarguras se volvieron mieles.




Cada gota de sangre derramada


selló de libertad un juramento,


la paz florece y canta la enramada


trinos de bienestar y de contento.




Y El Carmen sigue altivo


su destino glorioso


con el recuerdo vivo


de ese crimen odioso,


porque olvidar no puede


la vergonzosa historia


aunque perdón concede


a la abortada escoria.


N. de la R.


Ponencia presentada durante su posesión como Miembro Correspondiente de la Academia de Historia de Ocaña. Ocaña, 12 de julio de 2008.

Calle típica de El Carmen